De arriba hacia abajo, de abajo hacia arriba, el doctor Brodigner escrutaba con la mirada la figura palpitante de Hilda. Nuevamente; de arriba hacia abajo, de abajo hacia arriba. Los senos respirando en allegro, las venas azules de los brazos vibrando en contratiempo y un leve temblor en las redondas caderas separadas entre sí por una delgada línea de satín blanco. Hilda quieta, mirando fijamente al doctor se movía en cada detalle de su fisonomía como una sinfonía que va en crescendo y que pronto invadiría la generalidad de su cuerpo. Un gemido se escapó de su garganta, el sonido de su respiración se hacía cada vez más fuerte. Cerrar los ojos se le hizo inevitable. El doctor Brodigner, inmóvil en su sitio deseó sostener su copa en ese momento. Los dedos de los pies se retorcían como ratas en su madriguera, las mismas que se movían dentro del pecho de Hilda acelerándole la respiración, su corazón se quería salir. Sus manos y piernas atadas forcejeaban infructuosamente para soltarse pero lo único que lograba era maltratar sus articulaciones; esto la excitaba aún más. Su espina dorsal serpenteaba sobre sí misma y sus caderas con ella. Hilda jamás imaginó que aquella prenda interior que siempre había considerado tan inmoral, fuera tan perturbadoramente cómoda. Otro gemido se escapó de su boca, sus labios mutuamente se humedecían con saliva. El doctor Brodigner acercó una silla para sentarse pues había estado de pié la mayor parte del día, y ya que le era imposible recostarse en sus aposentos optó por tomar asiento. Los resortes del colchón crujían cada vez más fuerte con las convulsiones de Hilda. El doctor Brodigner, contrario a todo su haber, comenzó a sentir que iba a perder el control de sí mismo; esto le generaba gran frustración pues siempre había sido una situación incómoda para él resistir sus impulsos; sin embargo, también se trataba de una situación placentera pues le gustaba ponerse en contacto con su ser más primario. La presión en su pecho le hizo carraspear la garganta, era inevitable, sus impulsos iban a ganarle al frío raciocinio, noble y seguro. No aguantó más, se dejó invadir por la ira y se levantó de su silla, caminó hacia Hilda con pasó decidido pero ella ni siquiera lo vió, ella se encontraba jadeando y gritando en su propia fantasía; esto enervó más al doctor Brodigner y se vio obligado a despertarle. Tomó un vaso de agua que estaba sobre su mesa de noche y lo derramó todo en la cara de Hilda, pero a esta pareció no importarle pues continuó con sus gemidos y ojos cerrados. El doctor Brodigner levantó la mano y apuntó hacia la cara de Hilda, quiso lanzarle una palmada sonora y certera en la mejilla pero se controló. Tomó el vaso vacío, caminó hacia la puerta de la habitación y lo dejó caer. Las astillas de cristal se esparcieron por el suelo al tiempo que la puerta se cerró de golpe. Esa noche el doctor Brodigner durmió en el sofá de la sala, pensando en cómo haría pagar a Hilda su desagravio al no dejarlo descansar en su propia casa: francesa atrevida, ya verás.
sábado, 15 de marzo de 2008
Pensamientos en medio de un bosque lluvioso 8
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