Hilda adquirió consciencia de sí misma, al fín se encontró con suficiente lucidez para reconocerse atada de pies y manos, con la ropa interior de la señora Brodigner cubriéndole aquellas partes de su cuerpo que prefiere no mencionar. ¿Qué había sucedido? El recuerdo llegó a su mente como un tiro de gracia. ¿Qué diablos había hecho? ¿Por qué? ¿Cómo fue capaz de atreverse a semejante cosa? Inmediatamente notó la humedad en su entrepierna, la agitación de su corazón, el temblor que todavía ostentaba todo su cuerpo, el momento en que se le ofreció al doctor Brodigner. Su interior se llenó de profunda vergüenza e indignación mezcladas, los motivos también estaban mezclados: el escándalo por haberse desnudado frente a otro hombre diferente de su futuro esposo y el profundo dolor que le producía ser rechazada. Silencio en la habitación, los jadeos se han calmado, de repente, se abren las puertas del armario...
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