El doctor Brodigner, con su característica sonrisa que gustaba a unos, y fascinaba a otros, contaba los escalones pacientemente mientras bajaba hacia la planta baja. Al pisar cada escalón de madera, entrecerraba los ojos y mordíase levemente su labio inferior al escuchar bajo sus pies la vibración y el sereno crujir de las fibras de comino crespo. A pesar de que toda su casa estaba tapizada con esta madera, sólo en las escalas se detenía, desde que era niño, a escuchar las crocantes tablas. Respiraba profundo y suspiraba siempre que llegaba al piso, recordando el rugido de la madera centenaria crujiendo en su cerebro, alebrestando sus recuerdos. La copa iba vacía en su mano derecha (siempre bebía de la misma copa desde que sus padres reservaron un juego de losa sólo para él, al contraer hepatitis a los doce años). Dejó la copa sobre el chifonier y se dirigió a su habitación. Al abrir la puerta le resultó inevitable levantar su ceja izquierda y su característica sonrisa creció, pero sólo un poco más de lo normal al ver lo que acontecía en el espacio que el común de las personas denominaba, su habitación.
lunes, 11 de febrero de 2008
Pensamientos en medio de un bosque lluvioso 6
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